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La historia de Ida: la difícil situación de los trabajadores migrantes domésticos

JAKARTA – Ida, una joven de veintisiete años de Indonesia y la menor de tres hermanos, aún está soltera. Su familia no posee tierras, ni arrozales ni viveros que garanticen su sustento. Ida vive en un pueblo en la provincia de Banten en la isla principal de Java. La pobreza ha obligado a muchos jóvenes de su pueblo, con un nivel de educación elemental, a marcharse al extranjero como trabajadores migrantes. Los principales países de destino son la República de Corea, Arabia Saudita, y otros países de Oriente Medio, y en menor grado Malasia.

Artículo | 24 de enero de 2005

JAKARTA – Ida, una joven de veintisiete años de Indonesia y la menor de tres hermanos, aún está soltera. Su familia no posee tierras, ni arrozales ni viveros que garanticen su sustento. Ida vive en un pueblo en la provincia de Banten en la isla principal de Java. La pobreza ha obligado a muchos jóvenes de su pueblo, con un nivel de educación elemental, a marcharse al extranjero como trabajadores migrantes. Los principales países de destino son la República de Corea, Arabia Saudita, y otros países de Oriente Medio, y en menor grado Malasia.

Ida se fue por primera vez al extranjero en 1993. Gracias a un amigo y a sus primos, se enteró de las condiciones de trabajo y del "buen salario" que podía ganar en Arabia Saudita aunque ninguno de ellos había viajado nunca al extranjero. Ida no dejó escapar la oportunidad que se le ofrecía de conseguir un empleo, ganar dinero y contribuir a mejorar la situación económica de su familia. Discutió de sus planes con su hermano y por fin obtuvo la bendición de sus padres.

En ese momento no tenía ni siquiera una tarjeta de identidad porque sólo tenía 15 años. Junto con su hermano se inscribió en una agencia de contratación en Jakarta central. Falsificaron su edad en la tarjeta de identidad que pagaron sus padres. La agencia también se ocupó de la expedición de su pasaporte, trámite por el que le cobraron 600.000 rupias (unos 65 dólares). Mientras esperaba por su pasaporte, participó en un curso de formación que ofrecía la agencia. Antes de embarcarse en su primer viaje hacia Arabia Saudita, Ida firmó un contrato de trabajo que había sido redactado por la agencia de contratación pero que no había leído.

Su primera experiencia como trabajadora migrante doméstica en Medina (Arabia Saudita) fue positiva. Trabajó durante nueve años, y cada tres años tenía derecho a un mes de vacaciones para visitar Indonesia. En 2002, Ida regresó a su país, se quedó en su aldea varios meses, y volvió a Arabia Saudita a través de otra agencia de contratación, que le ofreció un trabajo en la Mecca.

Al llegar, la fueron a recoger su empleador – un hombre de 40 años – y su esposa. Su empleador le explicó que trabajaría como empleada doméstica y que recibiría un salario mensual. Ida firmó también un contrato de trabajo con su empleador. De nuevo, no prestó atención al contenido del contrato por considerar que se trataba sólo de un requisito administrativo. Para ella, lo importante era que podía trabajar, ganar dinero, y enviarlo a su familia.

Ida vivía con sus empleadores en su apartamento. Trabajaba ella sola, a veces casi 24 horas sin interrupción. No tenía vacaciones. Dos meses después de su llegada, su vida se convirtió en un infierno: la golpeaban, le daban patadas y la insultaban. Su empleador le arrojó agua hirviendo y la sometió a descargas eléctricas. Como no le daban de comer, tenía que robar continuamente comida de la cocina. Le prohibieron comunicarse con otras personas. Sus empleadores le decían que no trabajaba lo bastante bien en la cocina.

Suplicó a su empleador que no le volviera a pegar, y le prometió que trabajaría bien. Pero nada cambió. Continuaron los abusos y la violencia, y no le pagaron lo que le habían prometido. Le dijeron que le pagarían al final de sus dos años de contrato. Ida pidió a la agencia de contratación que la colocaran con otro empleador, pero no le hicieron caso.

Cuando llevaba 11 meses de servicio, acusaron a Ida de robar el teléfono móvil de un invitado de su empleador. La encerraron en el cuarto de baño, la esposaron, y le pegaron por no admitir que lo había robado. Incapaz de seguir soportando la tortura, Ida decidió escaparse por la ventana de la habitación de invitados. Tuvo la mala suerte de caer por la ventana de un cuarto piso. A raíz de la caída se quedó inconsciente y se rompió la columna vertebral. Cuando se despertó, estaba en el hospital.

Durante su estancia en el hospital, su empleador trató de persuadirla para que volviera. Ida se negó e insistió en permanecer en el hospital hasta que recuperara las fuerzas para poder regresar a Indonesia. Pero antes, su empleador le pidió que firmara una carta. Le dijeron que la letra estipulaba que los gastos del tratamiento hospitalario serian deducidos de su salario, y que si se negaba a firmar la carta, tendría que volver a la casa de su empleador. Con el miedo, la firmó. Sólo más tarde se enteró de que la carta decía que le había pagado todo el salario.

En cuanto pudo volver a andar, Ida fue a su agencia de contratación e insistió en que la mandaran de nuevo a Indonesia. Al principio, la agencia le dijo que no podía volver a casa, pero al final la enviaron a su casa. Volvió a Indonesia en octubre de 2003, con las manos vacías, cojeando, con heridas que todavía con se habían curado totalmente, y prácticamente ciega del ojo derecho. A pesar de todo, sigue queriendo volver al extranjero para mejorar la situación de su familia.

La historia de Ida refleja la realidad de muchos trabajadores domésticos en Asia. En febrero de 2003, se trataron sus experiencias en una Consulta Regional sobre los Trabajadores Domésticos, celebrada en Hong Kong. En la reunión se llegó a la conclusión de que era indispensable proteger a los trabajadores migrantes en Asia de la amenaza de la trata de personas y del trabajo forzoso debido al aislamiento, la discriminación y los abusos de que suelen ser objeto los trabajadores domésticos.

Esta situación dio lugar a la elaboración de un proyecto subregional para Asia sudoriental sobre la movilización para proteger a los trabajadores domésticos de la trata y del trabajo forzoso en Asia sudoriental. El objetivo del proyecto de la OIT es reforzar la protección de los trabajadores domésticos en Asia sudoriental a través de la investigación, la sensibilización, la cooperación técnica en materia de políticas y marcos jurídicos para la protección y organización de los trabajadores domésticos, y proyectos experimentales. El proyecto abarca a Indonesia y Filipinas (países de origen) y a Malasia, Singapur y Hong Kong (China) (países de acogida). El proyecto, que cuenta con el apoyo del Departamento para el Desarrollo Internacional (DFID) del Reino Unido, se puso en marcha en mayo de 2004 y funcionará hasta marzo de 2006.

La historia está extraída del "Preliminary Report of the ILO on Mapping Forced Labour and Human Trafficking for Labour and Sexual Exploitation from, through and within Indonesia, 2004". Para una información más detallada diríjase a Gita Lingga, oficina de la OIT en Jakarta, lingga@ilo.org.