Minas y canteras

Estos niños bajan bajo tierra en túneles por los que apenas cabe su cuerpo...
Estos niños llevan cargas de carbón más pesadas que ellos mismos…
Estos niños pasan horas bajo el sol picando piedras para construir caminos…
Estos niños manipulan mercurio tóxico para separar el oro de la roca…
Estos niños pasan el día agachados en el agua removiendo arena para encontrar piedras preciosas…

Cerca de
1 millón de niños y niñas trabajan en las minas y canteras y este número está en constante aumento.

Trabajar en las minas y canteras es peligroso cualquiera sea la tarea que se realiza el niño.

Es peligroso físicamente debido a las cargas pesadas e incómodas, al desgaste físico que exige, a las estructuras inestables existentes bajo tierra, a la maquinaria y herramientas pesadas y peligrosas, a las sustancias químicas tóxicas y muchas veces explosivas que manipulan, y a la exposición a temperaturas, frías o calientes, extremas.

Muchas veces, el daño también es psicológico y psíquico, debido a que el trabajo en la minas y canteras se encuentra en zonas en donde no existen leyes, escuelas, asistencia social a las familias y comunidades, y en donde “el polvo y las explosiones” engendran abusos debido al alcohol, a las drogas y a la prostitución.

Porqué debemos actuar?

La imagen de unos niños con el rostro ennegrecido y tiznado y remolcando vagonetas desbordantes de carbón desde las profundidades de los túneles fue uno de los factores que movieron a los miembros de la OIT a adoptar Convenios contra el trabajo infantil ya en los comienzos de la organización, en los albores del siglo XX. Es asombroso que, casi cien años más tarde, aún pueda verse esa misma imagen en las explotaciones mineras en pequeña escala de Asia, Africa, América Latina e incluso de algunos lugares de Europa. Aunque muy reducido, el problema persiste.

¿Por qué después de todas las campañas de sensibilización y de la legislación casi universal al respecto sigue habiendo niños que trabajan en minas y canteras? En parte porque el trabajo infantil en la minería está estrechamente relacionado con la desorganización económica y social. Aunque llegue a erradicarse casi por completo durante un tiempo, reaparece cuando estalla una guerra civil y se interrumpe el comercio, cuando la sequía destruye toda posibilidad de ganarse el sustento o cada vez que corren tiempos duros.

Por lo general, suele ocurrir en zonas alejadas y fuera del alcance de la mirada del público, entre las montañas o en áreas fronterizas, y se des-plaza a otros lugares con rapidez, según circule información o corran rumores sobre el descubrimiento de oro en determinado lugar o la oferta de trabajo en otro. En circunstancias de ese tipo, ni la legislación nacional ni el derecho consuetudinario pueden hacer poco más que ejercer un débil control. Alejados de la mirada del público, los niños que trabajan en explotaciones mineras en pequeña escala están expuestos a una serie de peligros sociales, psicológicos y físicos que no se encuentran en muchas otras formas de trabajo. Las zonas mineras son famosas por ser escenario de una gran incidencia de violencia, prostitución, consumo de drogas (sobre todo de alcohol) y delincuencia, y por atraer a quienes no pueden o no quieren vivir una vida o tener una ocupación tradicionales. Donde se establecen las ciudades provisionales, rara vez hay agua potable, y no existen las escuelas. La minería es una ocupación peligrosa, y los niños que trabajan en minas y canteras están muy expuestos a sufrir lesiones o a caer enfermos, y algunos trastornos sólo se hacen evidentes al cabo de unos años. Cada año muere un número indeterminado de niños. Los peligros son tan obvios y extremos que no hay circunstancias – ni siquiera la pobreza – que justifiquen el trabajo infantil en la minería.

El trabajo infantil en la minería no ha recibido tanta atención como otras formas de trabajo infantil, acaso porque el número de niños que trabaja en las minas es relativamente bajo, aproximadamente un millón, y en muchos países sólo hay unos cuantos repartidos aquí y allá. Comparada con la cifra de hasta un millón de niños que trabajan en la agricultura, la minería casi no parece digna de mención.