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Mi padre, trabajador migrante

El dinero enviado por los trabajadores migrantes a sus seres queridos en su país de origen apoya a sus familias y a la economía en general. Para el funcionario de la OIT, Asmi Mustafa, las remesas lo ayudaron a realizar sus sueños.

Opinión | 31 de octubre de 2019
Asmi Musthaja, Asistente de programa (Migración laboral), OIT Colombo

Asmi Musthaja
En junio 1986, poco después que nací, mi padre se fue a trabajar al exterior. Crecí en Maruthamunai, una pequeña aldea costera de alrededor de 15.000 habitantes en la provincia oriental de Sri Lanka. Provengo de una familia de cinco hijos, tengo cuatro hermanas, tres mayores y una menor.

Éramos todos muy jóvenes cuando mi padre se fue del país para trabajar en Arabia Saudita como chófer de una familia. No puedo imaginar cómo se sintió mi madre, quien tuvo que cuidar a sus cinco hijos sin contar con el apoyo directo de su esposo.

Migrar por motivos de trabajo no era algo insólito en nuestra aldea. Muchos de mis familiares ya se habían ido al extranjero a trabajar como obreros o como trabajadores domésticos. Dos tías y un tío trabajaban en Kuwait y Arabia Saudita, de manera que mi mamá no estaba demasiado preocupada. Mientras que muchas personas de la aldea trabajan en el sector de la pesca, otros habían migrado hacia los países del Medio Oriente. En los primero años 1980, el dinero que enviaban estos migrantes mantenían la economía de la aldea, y estas remesas constituyeron la base del desarrollo rural de esa época.

Todavía recuerdo cómo la lámpara recargable de mi padre que nuestro padre nos trajo se convirtió un aparato popular que toda nuestra comunidad utilizaba. Sufríamos frecuentes apagones eléctricos durante las noches y nuestros vecinos nos la pedían prestada en las situaciones de emergencia.

Le escribía cartas a mi papá y algunas veces intercambiábamos casetes de audio grabados. Esto sucedía antes de que existieran los teléfonos móviles o Internet, y hacer llamadas telefónicas era poco común porque eran muy caras. Así que grababa un mensaje en un casete y se lo enviaba por correo, y el hacía lo mismo. Entre la recepción de un mensaje de voz y otro, pasaba al menos un mes. En los alrededores de la oficina postal, los familiares esperaban impacientes el saco postal anaranjado que llegaba por autobus. Atendíamos con ilusión que el responsable de la oficina de correos finalizará las formalidades, abriera la bolsa y nos llamara para recibir las cartas y los paquetes que nos habían enviado.

Un día recibí una carta de mi padre con 10 riales saudíes (2,10 dólares aproximadamente). Encontré a alguien que me los cambió por rupias esrilanqueses. Fui directamente a un quiosco que vendía hojuelas de yuca picantes y saboreé ese delicioso y crujiente bocadillo. Era, en ese momento, la mayor cantidad de dinero que jamás hubiese tenido en mi bolsillo.

El trabajo de mi padre era la única fuente de ingresos de mi familia. Mi mamá administraba nuestras finanzas con mucha eficiencia, ahorrando buena parte del dinero que recibíamos. Entonces no había servicio bancario por Internet para enviar dinero a Sri Lanka desde el exterior. Todos los trabajadores migrantes dependían del correo postal para mandar los cheques a sus familias. El sueldo mensual de mi padre era de 1.000 riales saudíes, que en ese entonces equivalían a 15.000 rupias esrilanqueses (alrededor de 310 dólares). Me creerían si les dijese que, con esa cifra, mi mamá no sólo pagaba nuestros estudios, sino que también lograba ahorrar para construir cuatro casas para cuando mis hermanas se casaran, como era la costumbre local. Mi mamá y mi papá estudiaron sólo hasta el cuarto grado de primaria y la pobreza los llevó a abandonar la escuela cuando tenían nueve años. Muchas veces me pregunto cómo adquirieron ese nivel de gestión económica.

Las remesas son reconocidas como el motor oculto de la globalización, con 270 millones de migrantes en el mundo que envían 689.000 millones de dólares a sus países de origen, según el Banco Mundial. Las remesas son actualmente la principal fuente de capital extranjero para los países en desarrollo, más que las inversiones extranjeras directas.

En Sri Lanka, las remesas son una importante fuente de ingresos de divisas, y aportan una contribución enorme a la economía nacional, al constituir 10 por ciento del PIB. Cientos de miles de esrilanqueses migran para trabajar a fin de garantizar un futuro económico mejor a sus seres queridos. Las remesas son invertidas en el trabajo autónomo, la educación, la vivienda y las necesidades básicas de la familia. Además, muchos trabajadores migrantes entran en contacto con otras culturas y contribuyen a crear una sociedad global con diferentes visiones del mundo.

Crecer con un padre trabajador migrante y ver a mi madre administrar juiciosamente el dinero que recibíamos me llevó a preguntarme sobre otros esrilanqueses que tenían padres u otros familiares trabajando en el exterior: ¿Cómo los maridos utilizaban el dinero que enviaban sus esposas?, ¿En qué se diferencia su experiencia de la mía?, ¿Cuál son las repercusiones para las comunidades?

Mi papá trabajo como chófer durante diez años sin interrupción y regresó a casa en 1996. Tenía una relación a distancia con él, y cuando regresó a vivir con nosotros, era casi un extraño para mí. Después de su regreso, aprendí a conocerlo de nuevo. Si bien nuestras finanzas familiares no eran muy altas, eran mejores que la mayoría. Hoy día, cuando veo a mi familia, a mis hermanas con un buen nivel de instrucción, a todos nosotros que nos esforzamos para hacer realidad nuestros sueños, comprendo que gracias a su trabajo en el exterior mi papá ayudó a la familia a progresar.

No sé cómo demostrar toda mi gratitud a mi padre trabajador migrante.

La OIT apoya un enfoque de las remesas basado en los derechos y colabora tanto con los trabajadores migrantes como con las instituciones financieras a fin de maximizar los beneficios de estos flujos financieros.